miércoles 18 de noviembre de 2009

Licencia para olvidar

-¡Soy Sean Connery!-, le dijo al comisario que, enojado, le ordenó al sargento teclear en su Olivetti: posible trastorno de la personalidad.

–Le digo que soy Sean Connery, se le va a caer a usted el pelo, sir.

-Pero cómo va a ser usted Sean Connery, hombre de Dios –vociferó el comisario, -¿dónde está su barba cana, su kilt, su vozarrón característico, las cejas superpobladas y ese gesto de autosuficiencia escocesa, la sonrisa irónica y todo lo demás? Si ni siquiera tiene acento galés. Es usted mucho más delgado ¿no lo ve? ¡Y más joven!

-Sargento, acabemos con esto. Redacte: Sujeto hallado desorientado deambulando cerca del Támesis. Presenta signos evidentes de embriaguez y confiesa que ha bebido martinis durante toda la tarde. Dice ser Sean Connery; posible trastorno de la personalidad. Se deriva el caso al hospital psiquiátrico. Según su documento de identificación responde al nombre de Bond, James Bond.

miércoles 4 de noviembre de 2009

¿Barrotes a la imaginación?

Cuando llegaron encontraron la celda vacía, las puertas cerradas, los grilletes en el suelo, la sábana puesta en la cama, ni rastro de fuga, ni un agujero. David Coperfield había escapado de Alcatraz a la vista de millones de espectadores. Era el piloto del helicóptero, ¿recuerdan? Mientras, en una prisión no distante, el afamado terrorista se levantaba de la sala de televisión y pedía en la biblioteca un libro sobre Houdini. –No leas eso, tronco –le aconsejó su compañero de celda- al Trayas, que tenía la perpetua como tú, le dejó zumbado.

El afamado terrorista empezó el libro por el final, como hacía con todas las cosas. Allí alguien había escrito: Ya sé cómo hacerlo; me voy de aquí para siempre.

sábado 31 de octubre de 2009

Me acuerdo

Me acuerdo de las pegatinas de monstruos de los Phoskitos, de los guantes blancos de Mercedes y de ese señor tan raro que tocaba una ocarina.

[Inspiración alambicada de una grata charla con Elías Moro, poeta, y mis compañeros del taller literario].

miércoles 16 de septiembre de 2009

Yale tale (I)

En la penumbra del hall los estudiantes de derecho ensayaban aquella mañana sonrisas presidenciales mientras el claustro, reunido de urgencia, trabajaba en un discurso eufemístico y druida. Era otoño. Los Lakers habían ganado su enéismo anillo y un masón, según A. J., dirigía La Casa Blanca. El negro pasillo se iluminó de repente cegando los ojos azules de Alice, revelando sin piedad la fealdad notable de su amiga Rose, de Michigan, y alumbrando la toga incólume del decano tras el atril improvisado a modo de altar de sacrificios:

Señoras y caballeros, ilustres alumnos, desde 1640 esta insigne institución...

Todo lo que sonara a discurso provocaba náuseas en Tom, cuyo padre había pagado una importante suma para que su hijo ingresara en Yale. Le divertía ser el típico alumno enchufado con padre importante pero le hastiaba tener que guardar las formas, escuchar discursos y aprobar exámenes con buena nota. Eludía con excusas todas las fiestas de la Hermandad; prefería pasar las noches con su novia bajo el influjo de Billy Wilder. Tenía un pasatiempo con el que aplacaba su sed de aventuras unviersitarias. Recorría las más sórdidas librerías on-line y compraba volúmenes exóticos, esotéricos, místicos y revolucionarios para después colarlos, con tejuelos falsificados, en la Biblioteca de la Facultad. Así, un día alguien encontró a Marx entre Malthus y Mauppasant y un ejemplar de Literatura y Revolución, de Trotsky, en la sección de Derecho Administrativo. Se armó un revuelo cuando un novato puso encima de la mesa de la bibliotecaria un Kamasutra fotográfico con desplegables. -Me llevo éste-, soltó con una sonrisa estúpida que le valió una amonestación y siete días de arresto domiciliario.

Si Tom aguantaba esa mañana el ladrillo del decano era porque, según se rumoreaba, iban a dar nuevas noticias sobre la desaparición de Juliet...

(continuará...)

miércoles 9 de septiembre de 2009

¿Otoño?

Es un poco aburrido el rito poético de cantar a las estaciones. Ya es bastante monótono su ciclo natural de hojas, nieves, flores y playas cada año como para encima recrearse una y otra vez, al compás de los vaivenes de la testosterona o los estrógenos del autor/a, en el retorno de las golondrinas, la lluvia como lágrimas o el florecimiento del único y verdadero amor, otra vez tú la primavera.

Sucede que me canso de ser escritor meteorológico -preferiría meteórico, valga la paronomasia- y me produce náuseas dedicarle una sola línea a la estación que se me viene encima. En otoño vuelvo al tajo o empieza el curso, que es lo mismo en muchos casos, cumplo otro año a lo Ángel González, empieza a llover, se empantana la carretera a Santa Marta de Magasca, se me eriza el pelo cada año menos, me recortan los días hasta poco más allá de los límites de mi jornada laboral y se me llena de tierra la sonrisa.

Tiene el otoño esa luz de hasta nunca, ese olor de todo empieza, ese fresquito de a mi manera. Termina la operación bikini y comienzan las narices rojas, los jefes en sus garitas, la gripe A, la escarlatina en los atardeceres, el viento, la depre, los libros de las oposiciones... Busca la gente la endorfina perdida, el recuerdo del mar, labios que sueñan labios, o cursos de risoterapia. Pena del que se quede prendado del ir y venir de los brazos del sauce y del susurro chivato de violines imaginarios porque sucumbirá al hechizo de la media luna, a la emoción de la niebla y a la caricia lasciva de todas las brisas. Pues Otoño es veleta e inquieto, fugaz, esquivo...

No cantaré a la huida del calor sofocante y las noches de insomnio. Maldigo la caída de la hoja, las primeras lluvias y los coleccionables de los kioskos. Otra vez otoño y la madre que lo trajo.

lunes 3 de agosto de 2009

Blues Béjar

Patearse 3 kilómetros de subida al Castañar de Béjar para ver un concierto de blues es un sacrificio arriesgado por la pendiente y por las dudas de si merecerán la pena las agujetas. Por supuesto que los aficionados al género tenían las cosas claras, aunque la mayoría subieron en coche, pero los que no somos frikis de la música negra dudábamos un tanto en cada curva del cerro. María y yo tiramos monte arriba con un bocata de tortilla y una botella de Aquabona, que es al agua lo que la Nordic a la tónica: eso ni es agua ni es nada.

La aventura comienza, como casi todas las aventuras, cuando empiezas a hacer caso a los lugareños y buscas un atajo para ahorrarte cinco o diez minutitos de ascenso, linterna -comprada en los chinos- a buen recaudo por si acaso. En el primer intento nos trepamos el camino de un merendero con una pendiente del 30 % por lo menos para terminar de bruces contra un muro y una hilera de pinos piñoneros. Lo segundo fue una excursión por camino de tierra entre la maleza, oyendo ruidos sospechosos y temiendo a mastines sueltos o hacendados con escopeta. El resultado: dos kilos menos, 500 cl. de Aquabona metabolizada en algo mejor y las mismas ganas de blues que el gato que está triste y azul.

La Plaza de Toros de Béjar es monumental, histórica, preciosa y acorde con su título de más antigua de España: es de piedra. Y mis nalgas son, básicamente, un par de ausencias. Pero como a buen hambre no hay piedra dura, allí sentaditos nos tomamos el primer refrigerio esperando un milagro al inicio del concierto que nos borrara la paliza. Y el milagro se hizo rotundo, negro y con trenzas; la marcha incombustible y la voz arrolladora de Angela -Angie- Brown haciendo blues con los Mighty 45's. Todo un descubrimiento.

Luego vendrían las leyendas: Maceo Parker y Sugar Blue, y el resto del cartel: Eugene "Hideaway" Bridges y los exóticos finlandeses -sí, finlandeses y un poco locos, por cierto- Wentus Blues Band. Pero yo me quedo con Angie Brown y su ritmo quitafatigas, su garra incendiaria y el blues con cola. Como me olvidé la cámara de fotos en el hotel y no era menester bajar otra vez, recurro al cajón de sastre de las imágenes para mostrarosla. Recomiendo disfrutar de su música con buena compañía y algo fresco que no sea Aquabona:


lunes 13 de julio de 2009

Hágase la Luz

La exposición de Sorolla que se muestra estos meses en El Prado es sencillamente espectacular. Odio la máxima que dice que una imagen vale más que mil palabras pero, en este caso, cada palabra que use para explicar la experiencia de la visita desmerecerá letra a letra cada matiz de la pintura. Luz, eso es todo. Luz fresca, luz apabullante, luz sugerente, luz abrumadora. Lienzos enormes, sobrecogedores, que se caen -literalmente, las salas se hacen demasiado estrechas a veces- sobre tus ojos. Una exposición ideal para los que no tendremos la fortuna de ver la playa este año, porque vuelves del museo con el frescor de la brisa del mar incrustado en la retina.

No sé qué opinarán los expertos, pero para los que no somos grandes entendidos en artes plásticas, nos permite descubrir a un pintor fantástico muy maltratado (yo sólo recordaba haber visto una pintura suya en los manuales: Niños en la playa) en los libros de texto y en las clases de historia del arte.

Vuelvo a la rutina del tajo bajo el bochorno de julio con el tacto de vestidos de seda en las yemas de los dedos, la nariz embriagada de aromas mediterráneos y el desasosiego triste de la incertidumbre de no poder conocer el destino final de la Otra Margarita:




martes 7 de julio de 2009

Los valores de la socialdemocracia

La diña Jackson a lo Kurt Cobain pero con menos sangre, malo, bad, se arma una buena en Los Ángeles con el anillo de Pau, mi tesoro, y regresa de Rusia la sonrisa mulata del Imperio con las fasces escondidas, por si acaso. Y todo a media luz, que es muy brujo el Euribor. Da igual que pise fuerte el siglo XXI y que por donde pase no vuelva a crecer la hierba; no cerraremos Garoña que son muy radiactivas las cifras de desempleo. No levantamos cabeza.

Julio Anguita sufre huérfano su enésimo infarto mientras Berlusconi se lo pasa pipa, válganme todas las polisemias, a Camps le hacen un traje, o dos, o tres y el Papa pide calma y rigor en la finanzas. Pocoyó cotiza en bolsa, tomayá.

Y es tristeza lo que llevamos en la mirada, compañeros; somos conscientes de que no aprovecharemos esta oportunidad como tal: la crisis del capitalismo es, en realidad, una de sus soluciones. Cuando nos saquen de ella no habrá ya resquicios por donde meter la hoz; nos sacarán de dudas.

Pero como la esperanza es verde y el verde es el color de moda (ayer trajeron a la oficina 30 kilos de papel en cajas verdes donde ponía "Eco-Logical" encima de un brote verde, para disimular el engaño), dejemos que la esperanza invada nuestros blogs, que son las flores de libertad que nos quedan. No perderá Ahmadineyad las elecciones por muchos spams que le enviemos ni llevaremos a Zelaya de vuelta a Honduras sobre las alitas de Twitter, pero sabemos manejarnos en este espacio sin las ataduras del qué dirán, libres de todo mal y del influjo nocivo de las etiquetas. El culto al ciberespacio prosigue la huida gnóstica del cuerpo, en palabras de John Gray.

El gnosticismo, recordemos, era un movimiento cristiano. Al igual que ha ocurrido con el capitalismo, ¿no habremos caído otra vez en las trampas del poder establecido? ¿No nos están confinando a un mundo en el que no molestemos? Porque finalmente en las guerras siguen muriendo personas de carne derramando sangre y tripas, los golpes de Estado se dan con fusiles y mis vecinos se están yendo al paro en masa y muchos pasan hambre en sus arrabales correspondientes porque alguien se guardaba el dinero -el real, el verde-, mientras nosotros enredábamos con el ficticio.

Los valores de la socialdemocracia se fraguaron en la calle y, si hoy nos queda alguno que defender que no se llame Cristiano Ronaldo, no será solamente en Facebook donde podremos mantenerlo vivo. El funeral de Michael Jackson será el evento televisivo con más audiencia del siglo porque asistimos al sepelio del pop sin ser conscientes de que estamos enterrando nuestra libertad para ser críticos.