Es un poco aburrido el rito poético de cantar a las estaciones. Ya es bastante monótono su ciclo natural de hojas, nieves, flores y playas cada año como para encima recrearse una y otra vez, al compás de los vaivenes de la testosterona o los estrógenos del autor/a, en el retorno de las golondrinas, la lluvia como lágrimas o el florecimiento del único y verdadero amor, otra vez tú la primavera.
Sucede que me canso de ser escritor meteorológico -preferiría meteórico, valga la paronomasia- y me produce náuseas dedicarle una sola línea a la estación que se me viene encima. En otoño vuelvo al tajo o empieza el curso, que es lo mismo en muchos casos, cumplo otro año a lo Ángel González, empieza a llover, se empantana la carretera a Santa Marta de Magasca, se me eriza el pelo cada año menos, me recortan los días hasta poco más allá de los límites de mi jornada laboral y se me llena de tierra la sonrisa.
Tiene el otoño esa luz de hasta nunca, ese olor de todo empieza, ese fresquito de a mi manera. Termina la operación bikini y comienzan las narices rojas, los jefes en sus garitas, la gripe A, la escarlatina en los atardeceres, el viento, la depre, los libros de las oposiciones... Busca la gente la endorfina perdida, el recuerdo del mar, labios que sueñan labios, o cursos de risoterapia. Pena del que se quede prendado del ir y venir de los brazos del sauce y del susurro chivato de violines imaginarios porque sucumbirá al hechizo de la media luna, a la emoción de la niebla y a la caricia lasciva de todas las brisas. Pues Otoño es veleta e inquieto, fugaz, esquivo...
No cantaré a la huida del calor sofocante y las noches de insomnio. Maldigo la caída de la hoja, las primeras lluvias y los coleccionables de los kioskos. Otra vez otoño y la madre que lo trajo.